Curiosa adhesión profesan a esta danza vastas zonas de la selva y la montaña. Ciento veinte años -o más- carga sobre su ilustre nombre la alegre Chacarera, y todavía se baila por imperio de la tradición local en algunos rincones del noroeste argentino. Son modestos círculos rurales los que la conservan, y es reliquia la danza; reliquia y testimonio vivo de un enorme ciclo americano que colmó patios y salones desde poco antes de 1800.
Don Florencio Sal dice en prolija nota de viejos recuerdos, que la chacarera se bailaba en las tertulias aristocráticas de Tucumán al promediar el siglo pasado. Don Ventura R. Lynch la nombra entre las danzas conocidas en la campaña de Buenos Aires allá por 1880, y las tradiciones orales conservan resonancias de su pasada boga en todas las provincias, excepto las patagónicas, que fueron pobladas tardíamente.

Pertenece la Chacarera al nutrido grupo de las danzas picarescas que un antigua generación de bailes europeos engendró en el Perú en tiempos de la colonia. Sin embargo, su nombre no se ha documentado hasta hoy fuera de la Argentina, y esto indicaría que nuestra graciosa dancita es el producto de una recreación local, a base de elementos coreográficos tradicionales, seguida del correspondiente bautismo norteño.

Seguramente la palabra más llamativa de una copla suya -chacarera, la muchacha de la chacra o granja- dio su nombre a la danza. Es lo común. Musicalmente la Chacarera cuenta con versiones muy agradables y ha merecido bellas coplas. Las coplas alternan con interludios. Cuando se canta la primera copla los danzantes avanzan hasta enfrentarse, y en las dos coplas que siguen contornea la mujer y zapatea el hombre; cuando se oyen los interludios, describen un círculo completo. Para finalizar, una cuarta copla: los bailarines hacen medio círculo para cambiar de sitio y reiniciar las evoluciones desde el comienzo."


Profesor Carlos Vega
Danzas Argentinas
1962 - Editorial CARAU