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La Zamacueca
A
cien largos años de su tremanda irrupción, después
de haber incitado a la danza y exaltado el danzar a su paso triunfante
por las tres Américas, la Zamacueca está aferrando
un lento morir al suelo de modestas remoliendas provinciales de
Chile, al de apartados lugares peruanos y bolivianos, al de viejas
pulperías y temporales ramadas o trincheras argentinas.
Danza de la pasión y del afán –intimidad en
plástica-; ocasión de proclamar la prístina
voluntad del amor, para los hombres; compensación de la tendencia
refrenada, ejercicio de coquetería y ensayo de asentamiento,
para las mujeres; argumento pantomímico que sintetiza las
angustias de la conquista sinuosa y en que las cosas de soledad
se dicen en la alta voz rítmica del cuerpo; preámbulo
sin desenlace real; oculto sentido universal y eterno franqueándose
en ambiente de tolerancia o beneplácito, la Zamacueca fue
negada y loada, escarnecida y aclamada, rechazada y elegida, adorada
y maldita.
Todas las clases sociales -incluso el estadista, el militar severo
y hasta algún fervoroso clérigo de parroquia rural-
bailaron, cantaron, jalearon, zapatearon y “combebieron”
la Zamacueca augusta. Ojos de casi todo el mundo occidental vieron
la gran danza americana; hombres de todas las tierras dejaron en
contradictorias páginas su sensación del espectáculo
maravilloso, y nos quedó una antología de reacciones
varia en rezumos de estereotipología forastera, rica en matices
de idiosincracia, despareja por envejecimiento resentido o generosidad
juvenil; según quién. |
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