Cosquín es un hecho fundamental en la historia de la música popular de los argentinos y es también un hecho determinante de esta pasión argentinísima. Cuando el 21 de enero de 1961 un acorde de guitarras demoradas se escuchó por vez primera en esta villa enclavada en el corazón mismo del Valle de Punilla, pocos podían suponer la trascendencia de la empresa que se ponía en marcha.

Sus mentores, un puñado de voluntades decididas a protagonizar la simple historia de su pueblo simple, no alcanzaron a imaginar, por inspirados que fueran, que ese espacio elegido por el sol y el aire para que los convalecientes curaran los males de la carne, sería el mismo ámbito en el que la luna curaría de ausencias musicales a los argentinos. Wisner, Sarmiento, Berghese, Israilevich, Monguillot y Barrera son un muestrario de orígenes diversos, pero también un ejemplo de horizontes comunes.

Muchos años después, el poeta salteño César Perdiguero definiría este milagro proclamando: "Cosquín es ahora el gran congreso de la coincidencia nacional... La de la coincidencia armoniosa del canto".


Y agrega luego: " La del intercambio de tonadas. Que por allí anda diciendo lo suyo, el salteño soñador, el santiagueño sentimental y vidalero, el tucumano dicharachero y el penetrante chaqueño restallante, el cuyano musical y nostálgico.

"La crónica de Cosquín -y eso es lo hermoso- se escribirá siempre con tonadas provincianas". Y allí está el acierto. La definición justa, totalizadora y trascendente del milagro.
La que contiene, además, una coincidencia que une los destinos de Cosquín con los de nuestra Argentinísima. Pero el milagro de Cosquín no sólo era reunir bajo la luna del valle nombres extraños sugiriendo lejanos orígenes.

Era además reencontrarse con el paisaje de la Patria. Con el paisaje total. Con el que cabe en la diminuta y encantada comarca de la copla popular.

Fue en 1963 cuando la vida me ubicó en el milagroso camino de Cosquín. Desde entonces no pude nunca sustraerme al sugestivo llamado del festejo. Una proclama me esperaba y tenía la dimensión exacta de mi joven garganta.

No recuerdo la emoción de la primera entrega. Sin embargo, tengo la certeza de que no fue mayor que la que aún siento en la jornada inaugural de cada fiesta. Creo también que es honra excesiva la que me dio la vida al consagrarme en esa bella responsabilidad.

Gritar: Aquí Cosquín... ¡Capital del Foklore! Es transmitir una señal que delata los rastros de las coplas. Es anunciar el rumbo que ha tomado la palabra de los hombres para nombrar sus paisajes, sus sueños y esperanzas. Es, en definitiva, anunciar que ha llegado el instante superior del canto.


Julio Marbiz